sábado, 23 de julio de 2016

29 de diciembre

Que levante la mano quien haya planeado hacer algo y le haya salido tal y como había diseñado.




A las dos personas que lo habéis hecho, bajadlas, no seáis embusteras.



En los 19 años que llevo en este mundo, nunca jamás de los jamases, por mucho tiempo y/o esfuerzo que le haya dedicado a algo, ha salido tal y como planeaba.


Algunos pensaréis que todo todo, no, pero que algunas cosas sí. Que al menos lo fundamental sí sucede. Y a veces es bueno que las cosas no salgan como planeas, eso sin duda.


Por ejemplo, un amigo, hace muchos años, me invitó, junto con varios colegas suyos, a una casa que tenía por un monte. Mi plan era muy sencillo: disfrutar de un ambiente cálido y juvenil, pasar la tarde y, finalmente, regresar a casa tranquilamente.


Ese día aprendí dos cosas: que la prohibición de beber alcohol hasta tener 18 años la cumple el tato y yo, y que descender cual cabra por mitad del monte, con barrancos y desniveles hasta el suelo es bastante divertido.



Sin embargo, mi intención hoy no era limitarse a los planes, sino a otra cosa mucho más importante. Sueños y esperanzas. Dicen que la vida es sueño y que la esperanza es lo último que se pierde. Permítanme discrepar.



Los sueños, y más concretamente la meta que tienen los humanos para seguir por la vida, son simplemente un incentivo para no tirarse por la ventana con el aburrido devenir de los días. Cuando hablo con la gente, veo que tienen sueños y ambiciones, anhelan realizar tal o cual cosa. Y parecen felices de perseguir los suyos.


Yo también tengo sueños. Miento. Tengo un sueño. Uno. Por obligación, no sea que deje de ser humano si no lo tengo. Y me comparo con ellos y pienso “¿Realmente es este mi sueño? ¿Mi motivación para seguir adelante? No veo ese interés que parecen mostrar los demás en sus sueños en mí.”


Pero esto es claro: tenemos dudas. La incertidumbre, lo desconocido, el miedo, todo eso que monta nuestro cerebro para que no nos parezca buena idea tirarse por la ventana, por las risas. De la misma forma hay algo que hace que persigamos nuestros sueños: la esperanza.


Esperanza. Qué bonito. Vámonos a la RAE.

“Valor medio de una variable aleatoria o de una distribución de probabilidad”.


Pero esa no es la acepción que buscábamos, ¿no? ¿O tal vez sí? El motor que impulsa nuestros deseos (que suelen ser aleatorios, o distribuidos en un rango según nuestras probabilidades) es un simple valor medio de lo que queremos que ocurra. Qué cosas digo.



“Estado de ánimo cuando se presenta como alcanzable lo que se desea”.


Esa es la esperanza que todos conocemos. Cuando tenemos algo en la punta de los dedos, casi lo podemos tocar, y sentimos un ardor en nuestro interior. Esa es la ilusión, la esperanza.
Qué bonito ver tu sueño a unos pasos de cumplirse.
Qué bonito es ver como falta un último paso final y todo habrá merecido la pena.


Qué bonito ver como todo lo que deseabas, hasta ese momento, comienza a romperse en pequeños fragmentos. No sabes cómo ha ocurrido, no sabes qué ha salido mal. Lo único que sabes es que se acabó. Fin. A por otra cosa, mariposa. La vida no quiere que sigas por aquí.


Y esa esperanza se convierte en otra cosa. En tristeza, en odio, en rabia, en asco, en desinterés. Lo de la ventana tampoco pintaba tan mal. Estamos en la otra cara de la moneda: la desesperación.



¿Por qué tiene que salir la vida así? A veces veo como los sueños de la gente son destrozados sin ningún pudor. Oh, ¿tenías ilusión por estudiar aquí? Pues mira, ahí tienes la puerta, bienvenido a la vida real. Oh, ¿pensabas pasar unas Navidades especiales? Próxima estación: Golpe de Realidad. Anda, ¿crees que estudiando mucho aprobarás ese examen? ¡Pero si tienes como profesor a Mr. Septiembre!



¿Y a quién nos quejamos? ¿A nuestra suerte? ¿A los otros? ¿A Dios? A nadie. Y entonces pueden pasar dos cosas. Vuelves a levantarte o te quedas en el suelo.


La vida es sueño, pero no sabemos si sueños buenos o pesadillas.


La esperanza es lo último que se pierde. Esto que dicen es mentira.




Lo último que se pierde es la vida.





Podría haber llamado a este compendio de ideas y pensamientos de cualquier otra forma, pero no. Tuvo que ser “29 de diciembre”. El día en el que uno de mis planes para alcanzar mi sueño se fue a pique y perdí toda esperanza.


Pero me he levantado. Creo. ¿No era la aceptación una de las fases de… eso… de psicología…?





Y entonces pensaréis. ¿Qué clase de persona escribe algo así? Yo os lo digo: alguien demasiado fantasioso que se aferra a sus sueños cuando sabe que se acabarán yendo a pique. Pero, en cualquier caso, jamás dejaré de creer en ellos. Por muchos desencuentros que acabe teniendo, por mucho fracaso que acabe cosechando.




Y luego me dicen pesimista.

viernes, 17 de junio de 2016

Pretérito perfecto simple


El día más feliz de mi vida hubo flores, hubo mariquitas, hubo paz.


El día más feliz de mi vida hubo mar, hubo tierra, hubo aire, hubo amor.


El día más feliz de mi vida hubo caricias, hubo miradas, hubo tiempo, hubo alegría.


El día más feliz de mi vida hubo amigos, hubo parejas, hubo solteros, hube yo.


El día más feliz de mi vida hubo unicornios, hubo paquidermos, hubo el puñetero profesor de ética que a nadie preparó para esto.


El presunto día más feliz de mi vida hubo dudas, hubo tristeza, hubo cansancio, hubo mentiras.


The admittedly not happiest day in my life was full of confusion, uncertainty, disorder, missing words.


El jodido y más puñeteramente feliz de mi vida hubo cosas, ¿y a quién puñetas le importa lo que hubo? ¡Hubo! ¡Hubo y no es, por lo tanto, fue! ¿O quizás nunca hubo y no hay que pudiera haber que no fuera al no haber sido?


En el pretérito perfecto simple de mi vida había cosas. Cosas bonitas, cosas feas, cosas regulares, cosas normales.



Ya no queda nada. Menos mal que todo lo anterior fue mentira.





Pero habrá un día que supere a ese. Y otro. Y otro.


El día más feliz de mi vida habrá cosas, habrá alegría, habrá presente, habrá futuro.



Y será pluscuamperfecto.

sábado, 7 de mayo de 2016

Cliché

A veces pienso. A veces razono sobre lo que pienso. A veces hago cosas en función de lo que he razonado sobre mis pensamientos. A veces no hago nada.


No recuerdo en qué estaba pensando, no recuerdo qué pasaba en mi cabeza cuando un sonido a golpe seco me sacó de mis ensimismamientos.


Volví a la realidad que acostumbro a evadir, sobresaltado, mientras contemplaba pasar varios olivos por la ventana, aquellos que veía todos los días de camino a la facultad.


Varias personas se asomaban desde sus asientos a la zona baja del autobús, comprobando una situación que se me escapaba, debido a que me impedían ver.



“¿Has visto eso? Pa’ habernos matao”
“¿Estará bien? ¿Qué le ha pasado?”
“¿Es necesario que pare, o que llame a una ambulancia?” oí decir al conductor.





Mientras intentaba organizar y procesar la información que me llegaba, no pude evitar iniciar un peculiar hilo de pensamiento. ¿No os habéis preguntado nunca por qué a veces las cosas, por muy al borde del abismo que estén, nunca se caen?


No importa lo que pase, no importa lo que ocurra, no caen. Tienes que tirarlas tú, ser el responsable de desencadenar la acción. Es como en un videojuego, esperando a que pulses una tecla para que salte tu personaje.





Cuando conseguí que se apartaran de mi campo de visión, la vi.




Una joven yacía inmóvil en mitad del pasillo del autobús.



“Pero, ¿qué te crees que eres, un médico?” oí increpar a un niño que había estado moviéndose continuamente de una punta del vehículo a la otra.




‘¿Hay algún médico en la sala?’ una frase que todo el mundo habrá oído decir, seguramente en una ficción, se me pasó por la cabeza. Pero mis imágenes no eran de actores interpretando, sino una escena mucho más real, más vívida.


Un monaguillo desmayándose en mitad de la homilía, una chica que se desplomaba durante una prueba de resistencia en educación física, y ahora una joven que perdía el conocimiento en el autobús.




Sin embargo, a veces surgen cosas de improvisto, que pueden hacer que cambie tu percepción de la realidad. Nunca tirarán las cosas por ti, pero a veces te ayudarán a darte cuenta que no todo es tan complicado o tan difícil como te puedes plantear.


O eso me digo, una y otra vez, con tal de convencerme de algo que ni siquiera yo sé con certeza.





Resulta que sí que había un médico en la sala. Dicen que la ficción no podrá superar jamás a la realidad, pero esto me parece a mí un muy manido cliché.


Esperad... ¿puede considerarse algo que sucede en la vida real un cliché?



Si es así… Soy un cliché con patas repitiendo todos los tópicos de un adolescente enamorado. Supongo.

sábado, 2 de abril de 2016

Xela

-No lo sé. Ya lo veremos.

Me pregunta la señora.

-¿Volverás en algún momento?

-Sí. Desde luego, ha sido todo un placer haber conocido a mi amigo.

De nuevo el señor.

-¿Y qué? ¿Ha merecido la pena venir?


No suelo ser monosílabo. Los que me conocen saben que, si la ocasión lo requiere, pueden estar oyéndome hablar hasta que les canso. Afortunadamente, nunca les he hartado. Al menos, no por hablar.


-Sí.


Esta vez hablaba el conductor, un hombre de cierta edad que, al parecer, era el actual amante de la señora. Un romántico de manual. De todas formas, no soy quién para meterme con él, puesto que había tenido la decencia de despertarse bien temprano para llevarme a la estación.


-¿Y qué tal la chica, eh? ¿La viste?

-Bien, ha estado bien. La comida estaba bastante buena.

Alguien me hablaba. La copiloto del coche en el que me encontraba. Una señora joven que pese a todo, ya tenía ojih nu de casi mi edad.

-¿Qué te ha parecido?



Ejaiv le òbaca odnauc.




-No me digas eso. ¿Pero cómo es posible?

-Me… ha dejado. Por otro. No lo entiendo. Por eso lo de antes.

-Oye, ¿te ocurre algo? Te veo… No sé, distante.

-Eh… No sé… Esta pizza mismo.



Arabaca odot euq ed sèupsed.




-Eh, no, por mí no te preocupes, de verdad. Podemos irnos ya.

-Ah, ¿no puede ser después? Es que ahora mismo ogima im está con una amiga y…



-Je. Dicen que todos tienen derecho a ser egoísta al menos una vez en su vida. Tú has decidido hacerlo ahora.

-Lo siento.

-No… No lo entiendo.


-¡Anda, calla! Ja, ja. Bueno, nos vemos luego, ¿no?

- Ah, claro. Perdona ¡Disfruta de tu día a solas!

-Esto… Bueno… Je, je…



Níram ne aíd omitlu le.




-¡Mándale una foto a tu familia! ¡Para que les dé envidia!

-Vaya, estñem pulmpo estñá de muerste.

-Yo la verdad es que lo tengo aborrecido.

-Ah, ¿tú no comes pulpo?



-¡He…. llegado! ¡Estoy…. vivo!

-Anda, que tampoco ha sido para tanto.


-Mira, ¡un Coviran! Qué cosas.


-Oj, qué asco. ¿Pero cómo te puede gustar esto?

-Mira, esta parte está muy bien.

-Oh, ¿en serio? ¿De verdad me quieres hacer ver eso?

-¿Conoces Boku no pico?



Ueub ed asac al ne.





“Entonces está todo decidido. ¡Nos vemos en un par de días!”



“Perfecto. ¡Será la mejor Navidad de todas!”

“Menos mal que se ha ofrecido.”

“Ah, no te preocupes, te puedes quedar en la casa de




“¿Alex? Pero si no me conoce… Ni yo le conozco a él.

¿Quién es?”


No importa cuántas veces retroceda en el tiempo, cuántas heridas pueda vislumbrar a lo largo de mis recuerdos, cuánta tristeza me produzca aquello.


Siempre diré que de aquello me llevé algo que jamás olvidaré.




Un pulpo a la gallega que estaba de muerte.




Ah, y a Alex.

martes, 22 de marzo de 2016

Velada

Dedicada a Chary, por llevar ya dos décadas dando por culo, por todas las veces que lee mis relatos, y tantas o más veces que me recuerda las faltas que cometo.

Heste relato esta rrepleto de eyas. De berdad.







Pequeños copos caen en esta tarde de marzo, y no puedo evitar pensar en ti. Diamantes blancos que me recuerdan a tu dulce pero frío tacto y a tu hermosa, aunque frágil figura.


Una tenue melodía se intuye en el ambiente, dulce y suave como tu armoniosa voz. ¿Te acuerdas de aquellas promesas que nos susurrábamos al oído mientras nos besábamos hasta el amanecer?


Juré hacerte eterna, que te llevaría al altar. Te traería las más bellas flores que jamás pudieras encontrar. Prometí, ante todos los astros, que nada podría separarnos, que morirías junto a mí, que te haría inmortal.


¡In crescendo! La melodía sube de tono como nuestras noches en la cama disfrutando de nuestra pasión. ”El amor es placentero”, me decías, pero también es fatal. Una daga clavada en el pecho que no te puedes quitar. Forcejeas con ella, pero a veces es mejor, pues sufrir es estar vivo, o al menos eso pienso yo.


¡Adagio, fortissimo, truenos sin cesar! De la nieve pasó a la tormenta sin que lo puedas remediar. ¿Dónde está la pasión que juramos conservar? ¿Qué fue de esa bella melodía que antes podía escuchar? ¿Quién demonios ha usurpado su lugar?


¡QUÉ ALGUIEN APAGUE ESA PUTA MÚSICA O LA ACABARÉ APAGANDO YO!




Ah, ah, ah, ah, ah. Se hizo el silencio. Estoy exhausto, cansado de tan insufrible pesar. No pensaba que todo fuese a ser tan literal. Y es que, aun así, fui fiel a mi promesa y en ningún momento te mentí.







Un grupo de agentes de policía armados entraron en un pequeño apartamento a las afueras de la ciudad, habiendo sido alertados por las llamadas de los vecinos. Al llegar al lugar de los hechos localizan el cuerpo sin vida de una joven, de 23 años, tirada en la alfombra, al lado de un gramófono.


Junto a ella yacía débil, pero con vida, un joven de 24 años, que se desangraba por los múltiples cortes que se había practicado.


La autopsia reveló que la joven murió de una puñalada al pecho, en torno a las tres y media de la tarde de hoy. Todos los indicios parecían indicar que fue asesinada con el mismo cuchillo con el que se había herido el joven.


Según la información que nos proporcionaron los testigos, ambos eran en la actualidad pareja, y la policía considera el incidente como un caso más de violencia de género. Los vecinos no son capaces de explicar cómo pudo suceder todo esto “Eran una pareja feliz, que se querían mucho. Jamás hubiésemos podido imaginar que esto sucedería.”



Ni ella tampoco. ¿O quizás sí?

sábado, 19 de marzo de 2016

Perseverancia

¿Alguna vez os habéis preguntado si sois vosotros los que tejéis la historia de vuestra vida, o hay algo o alguien superior a vosotros que se encarga de urdirla, de manejaros como una marioneta?


Yo no sé cuál de las dos es cierta, pero si es la segunda, mi guionista debe tener un pésimo sentido del humor.

Pero pésimo, pésimo.



Ayer, víspera del día del padre, fui a Granada a comprar el regalo al mío. Puesto que quería ir con calma, salí de mi casa para coger el autobús de las 16:40 para después volver en el de las 19:00. Sí. Un lapso de dos horas. Dos.


Cuando quedaban 40 minutos para las siete, decidí pasarme por mi librería favorita para comprar las novedades que me interesaban y, tal y como decía su dueño “Perdonad las molestias, ojalá todos los días fuesen así e iba a ir a trabajar el tato, pero esto es una eventualidad.”


Lenguaje de plata, he visto metros cuadrados en China con más espacio que la librería ayer.


Salí despedido cuando apenas restaban 12 minutos y, previendo mis limitaciones para recorrerme media Granada corriendo, consideré necesario aproximarme a la parada del LAC más cercana, con tal mala suerte que el semáforo estaba en rojo y media Granada tuvo a bien circular por esa parte de la carretera.


Incluido el autobús LAC que tenía pensado coger.



Lo perdí, pero siendo consciente de que pasan cada pocos minutos, me senté a esperar. Miré la pantalla que indica el tiempo que falta para el siguiente. 9 minutos, justo lo que me quedaba para coger el que me llevaría a casa.

Mierda.



Salí corriendo Reyes Católicos arriba como si no hubiera un mañana, intentado pasar por los laberintos que formaban los viandantes al disponerse por la acera, y finalmente llegué al principio de Gran Vía, aprovechando el semáforo en rojo para descansar. Pero no soy el único que también llegó.



Sí. ¡VIVA LA ROBER Y SU SISTEMA INFORMÁTICO!



Afortunadamente (o eso creía yo), se puso en verde y pude llegar a tiempo para alcanzar la parada y poder cogerlo… o lo hubiese cogido, de no haber salido de la nada dos granadinos de una heladería cercana que, al ponerse a cancelar su tarjeta, los muy campeones no tenían ni puñetera idea de cómo hacerlo.


Sí, señores. Vi con impotencia cómo el autobús se marchaba sin poder hacer yo nada. Qué risa, María Luisa.


Emprendí con apenas 4 minutos restantes una carrera que yo sabía perdida por Gran Vía con la esperanza de poder llegar a mi destino a tiempo, pero durante todo el trayecto tuve la sensación de que el destino, si es que existe, no quería que llegase puntual a mi cita.


Pillaba todos los semáforos en rojo, con una ingente cantidad de coches que salían de calles que nunca eran transitadas, en las bocacalles que no había semáforos se entrecruzaban entre sí los vehículos, se quedaban mal aparcados, en fin, ¿qué os voy a contar?



Llegué al final de la calle exhausto, y tarde. Técnicamente debería haber perdido el autobús, pero milagrosamente, aun habiendo llegado a las 19:03, aquel vehículo todavía no había hecho acto de aparición.


Pude llegar a casa en el autobús de las siete, y todavía sigo explicándome por qué. ¿Qué sentido tiene que me putearan de esa forma si al final iba a lograr mi objetivo?







En el viaje de vuelta pensé en ello. Pensé en cómo cuando quieres lograr un objetivo, a veces la vida te pone trabas, impedimentos que hacen de tu camino más difícil.


A veces, es posible que quieras tomar atajos o pedir ayuda, pero no es tan fácil conseguirla, y a veces, si no insistes lo suficiente puedes que pierdas algo que ya tenías en bandeja.

Finalmente, la perseverancia y la constancia hacen que logres incluso lo que ya dabas por perdido.


Aunque sea gracias a la incompetencia de los horarios de autobuses, algo de lo que nunca me quejaré… menos cuando llegue pronto.



No sé si existe un guionista, o somos los dueños de nuestras acciones. Habrá quien opine que todo fue un cúmulo de casualidades que se tornaron en tal divertida (de puertas a fuera) experiencia, o si había alguien que escribió esto para mí.

¿Honestamente?


Pienso cogerle el manuscrito, plegarlo, y cuando tenga forma de cilindro, introducírselo por el



Cuando la vida te da limones, dicen que hagas limonada. Yo prefiero hacer relatos.

sábado, 5 de marzo de 2016

Familia Feliz

Me hallo absorto mirando una puerta abierta, contemplando su interior, un interior hasta ahora para mi desconocido. Mis ojos de niño no pueden evitar curiosear, aunque sea solo con la mirada.


- ¡Pasa, pasa! – me dice su propietaria, una mujer que conozco de haberla visto varias veces. Mi vecina, la del piso de abajo.


En principio no tenía intención de entrar, simplemente había ido en busca de un amigo que no estaba, y al emprender mi regreso a casa descubrí que la puerta estaba abierta. Y entré, claro que entré.




Era la primera vez que accedía a su domicilio, y aunque me dominaba una sensación de incomodidad ante lo desconocido y, por qué no, ante los muchos animales que poblaban la casa, acercarme a jugar con una de las hijas de los vecinos me ayudó bastante a calmarme.


Eran dos hermanas, una de mi edad y otra un poco menor. Cuando entré a su habitación, había un gran cartel de luces de neón que ponía “HABITACIÓN DE CHICAS”, metafóricamente hablando. Muñecas, rosa, vestidos… Hasta estaba viendo en la tele una película de Barbie (las cuales he visto hasta la saciedad gracias a mi hermana).


Estuvimos hablando del cole, hicimos dibujos, esas cosas que hacía con mi amigo del piso de arriba, pero abajo. Cuando volvió la madre, me comentó que les había dicho a mis padres que me encontraba aquí (recordad que en un principio iba a casa de un amigo), y que no tenía que preocuparme de nada. Finalmente, nos dio un huevo Kinder a cada uno y disfrutamos un poco más, hasta que subí arriba (con su correspondiente regañina).


Solo los conocía de haberlos visto por los pasillos de mi bloque, pero por la impresión que me llevé aquel día (que, curiosamente, fue el único en el que entré en su piso) pensé para mis adentros que aquella era, sin duda alguna, una familia feliz.








Tabaco, alcohol, drogas, borrachos, peleas, gritos, palizas, amenazas, policía, crimen, arresto, fallecimiento, huérfanas, sustitución, repetición, locura, protectora de animales, protectora de niños….




-Gerardo, ¿se puede saber qué puñetas haces mirando al vacío?
-Eh, ¿qué? Ah. ¡Oh! Estaba… pensando en mis cosas.


Miro a mi alrededor. Estoy en un restaurante chino, con mi familia, a la que, con sus más y sus menos, tanto aprecio. Me llevo bien con mi familia, sí. Pero sé que hay gente que no la soporta, que no es capaz de convivir con la suya.


Una familia es algo que se te da de nacimiento, no puedes elegirlo. Y a veces, las opiniones de sus integrantes chocan entre sí haciendo la convivencia imposible. Rechazo de la ideología política, social, religiosa, sexual o de género. ¿Cuántas personas conozco cuyos padres no aceptan lo que sus hijos quieren, con la excusa de…



-Entonces, ¿qué? ¿Lo pedimos o no?
-Eh, ¿Cómo? ¿Lo qué? – pregunto.


En mi mano izquierda sostengo el menú del restaurante, y con la derecha mi dedo índice apunta a un plato concreto de la carta. “Familia Feliz”





No lo pidáis, está asqueroso.